“En realidad no tengo motivos para estar mal.”

Es una frase que aparece con frecuencia cuando alguien intenta explicar su ansiedad.

Hay trabajo, pareja, amigos, proyectos. No ocurrió ninguna tragedia reciente. Desde fuera, incluso, puede parecer que las cosas están bien. Y, sin embargo, aparece una sensación de inquietud difícil de explicar: cuesta relajarse, la cabeza no se detiene, el cuerpo está en tensión o existe la sensación persistente de que algo debería estar mejor.

La ansiedad no siempre aparece acompañada de una causa evidente.

A veces, la pregunta no es solamente “¿qué me está pasando?”, sino también “¿con qué estoy comparando la vida que tengo?”.

Cuando “estar bien” también tiene una medida

Desde muy temprano vamos incorporando ideas acerca de cómo debería ser una vida satisfactoria.

Algunas son explícitas. Otras casi ni las reconocemos.

A los 30 debería tener una pareja estable.

Ya tendría que haber formado una familia.

Debería estar ganando más.

A esta edad tendría que tener mi propia casa.

Ya debería saber qué quiero hacer con mi vida.

Tendría que haber llegado más lejos profesionalmente.

No necesariamente alguien nos dijo exactamente estas frases. Pueden provenir de nuestra familia, del entorno social, de la cultura en la que crecimos o de las expectativas que fuimos incorporando a lo largo de los años.

Con el tiempo pueden transformarse en una especie de calendario interno contra el que medimos nuestra vida.

Y cuando nuestra realidad no coincide con ese calendario, puede aparecer una sensación de atraso, fracaso o insuficiencia incluso aunque, racionalmente, sepamos que no hay una única manera correcta de vivir.

Los mandatos que dejamos de escuchar porque se volvieron propios

Un mandato no siempre se siente como una imposición.

Muchas veces se presenta simplemente como:

“Esto es lo que tengo que hacer.”

Podemos haber crecido aprendiendo que había que ser exitosos, independientes, fuertes, productivos, formar una familia, cuidar de los demás o no decepcionar nunca.

Cuando estas expectativas se interiorizan, dejamos de percibirlas como externas.

Ya no necesitamos que alguien nos exija. Empezamos a hacerlo nosotros mismos.

Podemos estar llevando una vida que objetivamente funciona y, al mismo tiempo, sentir ansiedad porque existe una distancia entre quiénes creemos que deberíamos ser y quiénes somos en este momento.

El problema es que muchas veces intentamos reducir esa distancia esforzándonos todavía más, sin detenernos antes a hacernos una pregunta fundamental:

¿Realmente quiero aquello que siento que debería querer?

¿Es un deseo propio o el deseo de otros?

Esta puede ser una de las preguntas más difíciles.

Porque no siempre es sencillo distinguir aquello que deseamos de aquello que aprendimos que sería deseable.

Quizá queremos tener hijos.

Quizá no.

Quizá queremos crecer profesionalmente, pero no al precio que imaginábamos.

Quizá la vida que nos hace sentir bien no coincide exactamente con aquella que nuestra familia esperaba para nosotros.

Quizá hemos alcanzado incluso aquello que se suponía que debía hacernos felices y descubrimos que no nos produce lo que esperábamos.

Desde una mirada psicodinámica y psicoanalítica, estas contradicciones resultan especialmente importantes.

Una parte de nosotros puede estar intentando cumplir una expectativa mientras otra desea algo diferente.

Y ese conflicto no siempre aparece formulado claramente como un pensamiento. A veces se expresa como angustia, insatisfacción, irritabilidad, exigencia constante o ansiedad.

La comparación también puede alimentar la sensación de estar llegando tarde

A los mandatos familiares y culturales se suma algo especialmente presente hoy: la posibilidad de compararnos continuamente.

Vemos personas de nuestra edad comprando una casa, teniendo hijos, viajando, ascendiendo profesionalmente o aparentemente sabiendo perfectamente qué quieren hacer con su vida.

Lo que vemos, sin embargo, suele ser una pequeña parte de la historia de los demás.

Aun así, la comparación puede activar una pregunta incómoda:

“¿Por qué yo todavía no?”

La investigación psicológica ha encontrado una relación entre determinados procesos de comparación social y mayores niveles de ansiedad. Pero clínicamente importa, además, comprender qué significa esa comparación para cada persona.

No todos sentimos que estamos “llegando tarde” a lo mismo.

Aquello frente a lo que nos sentimos insuficientes suele decir bastante sobre las expectativas que hemos construido acerca de nosotros mismos.

A veces el problema no es que falte algo, sino no poder parar

También existe otra forma de ansiedad aparentemente inexplicable.

La de quien ha cumplido prácticamente todos esos objetivos y aun así no consigue descansar.

Consigue un ascenso y enseguida piensa en el siguiente.

Termina una tarea y ya está preocupándose por otra.

Alcanza algo que llevaba meses deseando y la satisfacción dura apenas unos días.

En estos casos puede resultar interesante preguntarnos qué ocurre cuando dejamos de producir, resolver o avanzar.

Para algunas personas, detenerse puede acercarlas a emociones que han aprendido a mantener a distancia.

Para otras, el rendimiento se ha convertido en una forma de medir su propio valor.

Entonces la exigencia nunca termina, porque ninguna meta consigue responder definitivamente a la pregunta:

“¿Soy suficiente?”

La ansiedad puede estar intentando señalar algo

Esto no significa que toda ansiedad esconda necesariamente un conflicto inconsciente ni que exista una única explicación.

La ansiedad puede estar relacionada con múltiples factores: experiencias vitales, estrés acumulado, características personales, factores biológicos, situaciones traumáticas o problemas concretos del presente.

Y cuando aparece de manera intensa o repentina, especialmente acompañada de síntomas físicos nuevos, también puede ser importante realizar una valoración sanitaria para descartar otras causas.

Pero cuando aparentemente “todo está bien” y la ansiedad continúa apareciendo, quizá tenga sentido no apresurarnos a silenciarla sin preguntarnos antes qué está ocurriendo en nuestra vida.

Qué nos estamos exigiendo.

Con quién nos estamos comparando.

Qué tememos que ocurra si no cumplimos determinadas expectativas.

Y cuáles de nuestros objetivos continúan teniendo sentido para nosotros.

Poder preguntarnos qué queremos nosotros

La psicoterapia puede ofrecer un espacio para empezar a diferenciar estas voces.

Las expectativas familiares.

Los ideales sociales.

Lo que imaginábamos que nuestra vida sería.

Lo que creemos que los demás esperan de nosotros.

Y, en medio de todo eso, aquello que nosotros realmente deseamos.

No siempre encontraremos una respuesta inmediata.

Pero empezar a reconocer que algunos de nuestros “tengo que” quizá nunca fueron completamente nuestros puede cambiar la manera en que nos relacionamos con ellos.

A veces la ansiedad no aparece porque nuestra vida esté mal.

Puede aparecer porque estamos intentando vivirla de acuerdo con una medida que nunca nos detuvimos a cuestionar.

Psicoterapia para la ansiedad en Madrid y online

Trabajo con adultos en procesos de psicoterapia desde una orientación principalmente psicodinámica y psicoanalítica, buscando comprender no solamente cómo se manifiesta el malestar, sino también qué puede estar sosteniéndolo en la historia y el momento vital de cada persona.

Realizo psicoterapia presencial en Madrid, en la zona de Avenida de América, y online.

Si algo de esto te resulta familiar

Si sentís ansiedad aunque te cuesta identificar un motivo concreto, podemos explorar qué está ocurriendo y qué lugar ocupan en ese malestar tus vínculos, tus expectativas, tu historia y aquello que hoy necesitás.

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