Puede empezar por cualquier cosa.
Un mensaje que no llegó. Las tareas de la casa. Llegar tarde. El dinero. El sexo. La familia. El tiempo que pasamos juntos.
Pero después de unos minutos la sensación es conocida.
Otra vez estamos teniendo la misma discusión.
Cambian las palabras, pero aparecen los mismos reproches, las mismas defensas y probablemente el mismo final.
Y después de repetir esa escena suficientes veces empiezan a aparecer preguntas más grandes:
¿Vamos a estar así toda la vida?
¿Es posible que alguno de los dos cambie?
¿El problema soy yo, es mi pareja o es nuestra relación?
Quizá para responderlas primero tengamos que dejar de mirar solamente aquello por lo que estamos discutiendo y empezar a observar qué ocurre entre nosotros cada vez que aparece un conflicto.
A veces discutimos por una cosa, pero estamos hablando de otra
Imaginemos que una persona llega tarde sin avisar.
Su pareja le dice:
“Podrías haberme avisado.”
Y recibe como respuesta:
“Fueron veinte minutos, tampoco es para tanto.”
A partir de ahí pueden discutir media hora acerca de si realmente fueron veinte minutos, de quién llegó tarde la semana anterior o de si alguien está exagerando.
Pero quizás la discusión no sea realmente sobre veinte minutos.
Para una persona puede significar:
“Siento que no me tenés en cuenta.”
Mientras que la otra puede escuchar:
“Otra vez estás diciéndome que hago todo mal.”
En ese momento ya no están discutiendo únicamente sobre un retraso.
Están reaccionando frente a lo que ese retraso significa emocionalmente para cada uno.
Y ahí suele encontrarse una parte importante de los conflictos que se repiten.
Cuando cada reacción provoca justamente aquello que más teme
Muchas parejas terminan atrapadas en una especie de circuito.
Una persona siente distancia y necesita hablar.
Pregunta, insiste, reclama.
La otra empieza a sentirse cuestionada o presionada y se aleja.
Cuanto más se aleja, más inseguridad siente la primera.
Entonces insiste todavía más.
Y cuanto más insiste, más necesidad siente la otra de retirarse.
Al final ambas pueden concluir:
“Si dejara de alejarse, yo no tendría que insistir.”
“Si dejara de insistir, yo no tendría que alejarme.”
Y probablemente las dos tengan parte de razón.
El problema es que, sin darse cuenta, cada una está produciendo en la otra exactamente la reacción que más teme.
Una teme la distancia y persigue.
La otra teme sentirse invadida y se distancia.
Ya no hay solamente dos personas discutiendo.
Hay una dinámica que empieza a funcionar casi automáticamente entre ellas.
Entonces, ¿quién es el problema?
En terapia de pareja aparece con frecuencia esta pregunta.
A veces formulada directamente y otras disfrazada de un enorme expediente de pruebas destinado a demostrar quién empezó, quién hizo más daño o quién tiene razón.
Pero comprender una relación implica poder sostener algo un poco más complejo:
puede haber responsabilidades individuales y, al mismo tiempo, existir una dinámica que se construye entre los dos.
No todo es “50 y 50”.
Una persona puede haber actuado de manera injusta, haber mentido o haber incumplido un acuerdo.
Reconocer la dinámica de pareja no significa borrar las responsabilidades personales.
Significa también observar qué ocurre después.
Cómo reclama uno.
Cómo responde el otro.
Qué interpreta cada persona.
Qué emociones aparecen.
Y cómo una discusión termina transformándose en algo completamente diferente de aquello que la inició.
A veces avanzar requiere dejar por un momento la pregunta:
“¿Quién tiene la culpa?”
para poder preguntarnos:
“¿Qué nos pasa cuando llegamos a este punto?”
“¿Puede cambiar?”
Probablemente sea una de las preguntas más difíciles dentro de una relación.
¿Puede mi pareja dejar de reaccionar así?
¿Puedo yo dejar de sentir esto?
¿Es posible que nuestra relación sea diferente?
Las personas pueden cambiar.
Las relaciones también.
Pero querer que alguien cambie no significa que esa persona vaya a hacerlo.
Para que una dinámica se transforme suele ser necesario que cada uno pueda reconocer qué aporta al conflicto y asumir alguna responsabilidad sobre aquello que sí depende de sí mismo.
No podemos hacer terapia con la expectativa de conseguir finalmente que el otro se convierta en la persona que necesitamos.
También tenemos que poder preguntarnos:
¿Qué estoy dispuesto a cambiar yo?
¿Qué puede cambiar realmente mi pareja?
¿Y qué ocurre si determinadas cosas no cambian?
Porque a veces pasamos años enamorados no solamente de la persona que tenemos delante, sino también de la esperanza de quién podría llegar a ser.
“¿Quiero aguantar esto toda la vida?”
Esta pregunta puede aparecer después de mucho desgaste.
Y no necesariamente significa que la relación tenga que terminar.
Puede ser una señal de que algo necesita ser pensado seriamente.
Hay diferencias que quizá nunca desaparezcan.
Uno puede necesitar más espacio y el otro más cercanía.
Uno puede ser más organizado y el otro más espontáneo.
Podemos tener diferentes maneras de relacionarnos con el dinero, la familia o el tiempo libre.
El objetivo de una relación no es conseguir que dos personas dejen de ser diferentes.
La pregunta es si esas diferencias pueden negociarse sin que uno tenga que desaparecer para que la relación funcione.
Y también si, más allá de las diferencias, siguen existiendo curiosidad por el otro, respeto, afecto y deseo de construir algo juntos.
A veces la pregunta no es:
“¿Vamos a dejar de discutir alguna vez?”
Sino:
“¿Podemos aprender a atravesar nuestros desacuerdos sin destruirnos en el intento?”
Cuando el conflicto empieza mucho antes de la discusión
Hay parejas en las que basta un gesto para saber lo que viene después.
Una mirada.
Un tono.
Un silencio.
Incluso antes de empezar a hablar ya estamos preparados para defendernos de aquello que creemos que el otro va a decir.
Porque no escuchamos solamente la conversación actual.
También escuchamos todas las discusiones anteriores.
Entonces una frase pequeña puede cargar con meses o años de significado.
“¿Vas a salir otra vez?”
ya no significa únicamente eso.
Puede contener:
“Nunca me elegís.”
Y quien la escucha quizá no responda a esa pregunta, sino a años sintiendo:
“Nada de lo que hago alcanza.”
Comprender estos significados no resuelve automáticamente el conflicto, pero permite empezar a hablar de algo diferente.
De aquello que realmente duele.
¿Cuándo puede ayudar la terapia de pareja?
La terapia de pareja puede ser útil cuando las discusiones empiezan a sentirse como un guion que ambos conocen de memoria.
Cuando hablar termina siempre en reproches o silencio.
Cuando existen heridas que no consiguen cerrarse.
Cuando uno persigue constantemente una solución mientras el otro evita hablar.
O cuando todavía existe deseo de continuar juntos, pero ya no saben cómo salir de la dinámica que han construido.
El objetivo no es decidir quién tiene razón ni conseguir que una de las dos personas cambie para adaptarse a la otra.
Se trata de poder observar la relación desde otro lugar.
Reconocer qué activa a cada uno.
Qué intenta proteger.
Qué necesita.
Qué escucha cuando el otro habla.
Y qué hace que ambos terminen una y otra vez en el mismo punto.
Hay una diferencia importante: si dentro de la relación existen violencia, amenazas, intimidación o miedo, no conviene reducir lo que ocurre a “un problema de comunicación entre dos”. En esas situaciones la responsabilidad no es simétrica y la prioridad debe ser la seguridad de quien está siendo vulnerado.
Cambiar la pregunta
Quizá una pareja pueda pasar mucho tiempo preguntándose:
“¿Quién empezó?”
“¿Quién tiene razón?”
“¿Quién tiene que cambiar?”
Y posiblemente tenga argumentos suficientes para seguir discutiéndolo durante años.
A veces puede resultar más útil introducir otra pregunta:
¿Qué construimos entre los dos cada vez que aparece este conflicto?
Porque cuando conseguimos reconocer el patrón, empezamos a tener la posibilidad de hacer algo diferente con él.
No se trata necesariamente de no discutir nunca más.
Se trata de que una diferencia no tenga que convertirse siempre en la misma herida.
Terapia de pareja en Madrid y online
Trabajo con parejas desde una orientación principalmente psicodinámica y sistémica, buscando comprender tanto la historia de cada persona como la dinámica que se construye entre ambas.
Realizo terapia de pareja presencial en Madrid, en la zona de Avenida de América, y online.
Si sentís que siempre termináis en la misma discusión
Si cambia el motivo pero el conflicto acaba una y otra vez en el mismo lugar, la terapia puede ofrecer un espacio para detener esa dinámica, comprender qué está ocurriendo entre vosotros y valorar qué posibilidades de cambio existen.
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