Migrar puede ser una decisión profundamente deseada.
Podemos irnos buscando nuevas oportunidades, un proyecto profesional, una relación, una vida diferente o simplemente porque sentimos que queremos estar en otro lugar.
Y podemos estar convencidos de nuestra decisión.
Pero haber elegido irnos no significa que no duela aquello que dejamos.
Porque migrar no consiste solamente en cambiar de país. También implica separarnos —al menos parcialmente— de personas, lugares, costumbres, rutinas y de una versión de nosotros mismos que existía en aquel contexto.
A este proceso de adaptación frente a las pérdidas que acompañan una migración lo llamamos duelo migratorio.
Podemos estar felices y extrañar al mismo tiempo
Una de las cosas que puede resultar más desconcertante después de migrar es descubrir que dos emociones aparentemente contradictorias pueden convivir.
Podemos estar felices con nuestra nueva vida y extrañar profundamente la anterior.
Podemos saber que queremos quedarnos y, al mismo tiempo, llorar después de despedirnos de nuestra familia en el aeropuerto.
Podemos sentir que hemos tomado una buena decisión y tener días en los que querríamos estar nuevamente en casa.
Entonces puede aparecer una pregunta:
“Si yo elegí irme, ¿por qué me siento así?”
Porque elegir algo nuevo no elimina automáticamente el duelo por aquello que dejamos.
Extrañar no significa arrepentirse.
No dejamos solamente personas
Cuando pensamos en migración solemos imaginar primero la distancia respecto de la familia y los amigos.
Pero muchas veces extrañamos también cosas mucho más pequeñas.
Nuestro barrio.
Una comida.
Una forma de hablar.
El humor.
El ruido de una casa.
Una reunión familiar que antes parecía rutinaria.
Lugares en los que sabíamos movernos sin pensar.
Personas que conocían nuestra historia y con quienes no necesitábamos explicar demasiado.
Al llegar a otro país, incluso las tareas más sencillas pueden requerir una nueva adaptación: entender cómo funciona el sistema sanitario, hacer trámites, buscar vivienda, conocer gente, entender determinados códigos sociales o construir nuevamente una rutina.
Cada cosa por separado puede parecer pequeña.
Todas juntas pueden generar una sensación importante de desorientación.
También puede cambiar el lugar que sentíamos que ocupábamos
Migrar puede movilizar algo todavía más profundo: nuestra identidad.
Quizá en nuestro país teníamos un grupo de amigos consolidado, una profesión reconocida, una determinada posición dentro de nuestra familia y una sensación bastante clara de quiénes éramos.
Al llegar a otro lugar, algunas de esas referencias desaparecen.
Podemos pasar de sentirnos autónomos a necesitar ayuda para resolver cuestiones básicas.
De tener una red social amplia a tener que construir vínculos desde cero.
De sentirnos competentes profesionalmente a tener que demostrar nuevamente quiénes somos.
Entonces la pregunta puede dejar de ser solamente:
“¿Dónde está mi casa?”
y empezar a convertirse también en:
“¿Quién soy yo acá?”
Estar entre dos lugares
Con el tiempo puede aparecer otra sensación particular.
Cuando estamos en el país al que migramos, extrañamos cosas de nuestro lugar de origen.
Pero cuando volvemos de visita descubrimos que tampoco somos exactamente la misma persona que se fue.
Nuestros amigos continuaron sus vidas.
Nuestra familia cambió.
La ciudad cambió.
Y nosotros también.
Podemos sentir que ya no pertenecemos exactamente de la misma manera al lugar que dejamos, mientras todavía estamos construyendo nuestra pertenencia en el nuevo.
No necesariamente hay algo malo en esto.
Puede formar parte de una identidad que ahora contiene más de un lugar.
Migrar no siempre implica reemplazar una pertenencia por otra. A veces implica aprender a convivir con ambas.
Hay momentos en los que el duelo reaparece
El duelo migratorio tampoco sigue necesariamente una línea recta.
Podemos llevar años viviendo fuera y sentir que estamos perfectamente adaptados hasta que ocurre algo.
Una Navidad.
Un cumpleaños.
El nacimiento de un sobrino.
La enfermedad de nuestros padres.
Una boda a la que no podemos asistir.
Un logro profesional que querríamos celebrar con determinadas personas.
De repente la distancia vuelve a sentirse enorme.
A diferencia de otros duelos, muchas de las cosas que extrañamos continúan existiendo.
Nuestra familia está ahí.
Nuestros amigos están ahí.
Nuestra ciudad está ahí.
Pero ya no forman parte de nuestra vida cotidiana de la misma manera.
Y eso puede hacer que determinadas pérdidas vuelvan a sentirse en distintos momentos.
“Yo elegí irme, no debería quejarme”
A veces también aparece una exigencia silenciosa.
“Yo quise esto.”
“Estoy mejor acá.”
“Hay gente que tiene problemas mucho más importantes.”
“No puedo decirle a mi familia que estoy triste después de todo lo que hice para venir.”
Entonces podemos empezar a desautorizar nuestro propio malestar.
Pero reconocer que migrar ha sido difícil no significa que haya sido un error.
Sentirse solo no significa haber tomado una mala decisión.
Extrañar no significa querer volver.
Y necesitar tiempo para construir una nueva vida no significa haber fracasado en la adaptación.
Construir una vida nueva sin borrar la anterior
Elaborar un duelo migratorio no implica dejar de extrañar.
Tampoco olvidar de dónde venimos.
Puede significar empezar a integrar ambas partes de nuestra historia.
Construir nuevos vínculos sin que los anteriores pierdan importancia.
Incorporar nuevas costumbres conservando otras.
Aceptar que determinadas relaciones van a cambiar.
Encontrar formas diferentes de sentirnos cerca.
Y permitirnos reconocer cuánto nos ha transformado el hecho de migrar.
Con el tiempo, un nuevo lugar puede empezar a sentirse como casa sin que el anterior deje necesariamente de serlo.
Cuando migrar empieza a pesar demasiado
No toda nostalgia necesita psicoterapia.
Extrañar, sentirse desorientado durante un tiempo o tener momentos de tristeza pueden formar parte de un proceso de adaptación.
Pero puede ser útil pedir ayuda cuando la sensación de soledad, ansiedad, tristeza o desarraigo empieza a ocupar demasiado espacio; cuando resulta difícil construir vínculos nuevos o cuando sentimos que seguimos viviendo entre aquello que dejamos y aquello que todavía no conseguimos construir.
La terapia puede ofrecer un espacio donde no sea necesario elegir entre:
“Estoy bien acá”
y
“extraño mi vida anterior.”
Ambas cosas pueden ser verdad.
Psicoterapia para personas migrantes en Madrid y online
Trabajo con adultos que atraviesan procesos migratorios, duelos y cambios vitales desde una orientación principalmente psicodinámica y psicoanalítica.
La migración puede movilizar preguntas relacionadas con la identidad, los vínculos, la pertenencia y el lugar que queremos construir lejos de nuestro país de origen.
Realizo psicoterapia presencial en Madrid, en la zona de Avenida de América, y online.
Si sentís que todavía estás buscando tu lugar
Si migraste y una parte de vos continúa intentando acomodarse entre lo que dejaste y la vida que estás construyendo, la terapia puede ser un espacio para poner en palabras ese proceso.
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