Cambian las personas, cambian las circunstancias e incluso cambia la manera en que comienza la relación.
Y, sin embargo, pasado un tiempo, algo vuelve a resultar conocido.
Otra vez sentís que das más de lo que recibís. Otra vez te vinculás con alguien emocionalmente distante. Otra vez intentás demostrar que merecés que te quieran. Otra vez terminás cuidando, esperando, persiguiendo o intentando que el otro cambie.
Entonces aparece una pregunta bastante incómoda:
¿Por qué vuelvo a encontrarme en relaciones parecidas si justamente era esto lo que no quería repetir?
Desde una mirada psicodinámica y psicoanalítica, no siempre elegimos nuestros vínculos de una manera tan consciente como creemos.
Nuestra historia también participa en aquello que nos atrae, en lo que esperamos de una relación y, especialmente, en aquello que reconocemos como amor.
Aprendemos cómo se siente el amor antes de poder explicarlo
De pequeños no aprendemos qué es el amor leyendo una definición.
Lo aprendemos en la relación con las personas que nos rodean.
En cómo nos cuidan, cómo responden cuando necesitamos algo, cómo expresan el afecto, cómo gestionan los conflictos, qué tenemos que hacer para recibir atención y qué ocurre cuando decepcionamos o nos enfadamos.
A partir de esas primeras experiencias vamos construyendo una determinada idea de cómo se siente estar cerca de alguien.
Si el afecto era estable y disponible, podemos asociar el vínculo con seguridad.
Pero también podemos haber aprendido, por ejemplo, que para recibir cariño había que complacer, que el otro podía acercarse y alejarse constantemente, que expresar determinadas necesidades generaba conflicto o que amar significaba cuidar siempre al otro antes que a uno mismo.
Nada de esto significa que vayamos a repetir exactamente la relación que tuvimos con nuestros padres o que nuestra infancia determine inevitablemente nuestras parejas.
Pero sí puede dejarnos un lenguaje afectivo conocido.
Y muchas veces lo conocido ejerce una atracción particular.
A veces confundimos lo familiar con lo que queremos
Podemos saber racionalmente que determinado vínculo no nos hace bien y, aun así, sentirnos intensamente atraídos por él.
¿Por qué?
Porque no siempre nos atrae únicamente aquello que resulta conveniente o saludable.
También puede atraernos aquello que reconocemos.
Una persona puede despertar sensaciones que, de alguna manera, ya conocemos: la necesidad de conquistar su atención, el miedo a perderla, la incertidumbre sobre lo que siente o el deseo de conseguir finalmente que alguien nos dé aquello que estamos esperando.
Entonces puede aparecer una paradoja:
algo puede hacernos sufrir y, al mismo tiempo, resultar profundamente familiar.
No porque deseemos sufrir.
Sino porque esa manera de vincularnos se parece a un idioma afectivo que aprendimos hace mucho tiempo.
No siempre repetimos personas: a veces repetimos lugares
Cuando hablamos de repetir relaciones, no necesariamente significa elegir siempre a alguien con las mismas características.
Puede cambiar completamente la persona y repetirse nuestra posición dentro del vínculo.
Ser siempre quien espera.
Quien comprende todo.
Quien intenta salvar al otro.
Quien necesita asegurarse constantemente de que no lo van a abandonar.
Quien se distancia cuando alguien empieza a acercarse demasiado.
Quien siente que tiene que demostrar que merece ser elegido.
O quien permanece mucho tiempo en relaciones insatisfactorias esperando que finalmente algo cambie.
A veces el patrón resulta más visible cuando dejamos de preguntarnos solamente “¿por qué elijo a personas así?” y empezamos a preguntarnos:
“¿Qué lugar termino ocupando yo en mis relaciones?”
“Esta vez va a ser diferente”
Hay otra dimensión interesante de la repetición.
En ocasiones no repetimos simplemente porque algo nos resulte conocido, sino también porque, de alguna manera, esperamos que esta vez el desenlace sea distinto.
Esta vez conseguiremos que alguien distante se quede.
Esta vez seremos suficientemente importantes.
Esta vez podremos evitar que nos abandonen.
Esta vez lograremos que alguien cambie.
Podemos encontrarnos intentando resolver en una relación actual algo que pertenece también a nuestra historia.
El problema es que, si no reconocemos aquello que se está poniendo en juego, podemos cambiar de pareja y volver a construir una dinámica sorprendentemente parecida.
Reconocer un patrón no significa culpabilizarnos
Comprender nuestra participación en las relaciones que construimos no significa responsabilizarnos por todo lo que ocurre dentro de ellas.
Mucho menos justificar el maltrato, el abuso o la violencia de otra persona.
Tampoco significa pensar que “elegimos sufrir”.
Las relaciones son complejas y están construidas por dos personas, cada una con su propia historia.
Mirar nuestros patrones significa algo diferente: empezar a reconocer qué esperamos, qué toleramos, qué buscamos, qué tememos y qué situaciones tienden a resultarnos especialmente difíciles de abandonar.
No para juzgarnos por ello, sino para poder comprenderlo.
Lo conocido no tiene por qué convertirse en nuestro destino
Una de las cosas más interesantes de identificar un patrón es que, cuando empieza a ser visible, deja de funcionar exactamente de la misma manera.
Podemos empezar a observar qué nos atrae de determinadas personas.
Qué sentimos cuando alguien está realmente disponible.
Qué cosas interpretamos como señales de amor.
Por qué ciertos comportamientos nos generan una intensidad especial.
O por qué una relación tranquila puede incluso resultarnos extraña cuando estamos acostumbrados a vínculos atravesados por la incertidumbre.
A veces descubrir qué queremos de una relación implica también revisar qué aprendimos que debíamos esperar de ella.
Trabajar los patrones vinculares en terapia
La psicoterapia permite explorar estas repeticiones sin reducirlas a una fórmula del tipo “elegís personas así porque tu infancia fue así”.
La historia de cada persona es bastante más compleja.
Se trata de ir reconociendo cómo se construyó nuestra manera particular de vincularnos, qué experiencias dejaron huella, qué necesidades aparecen en nuestras relaciones y por qué determinados escenarios parecen repetirse.
Comprender un patrón no garantiza que desaparezca inmediatamente.
Pero puede permitir algo fundamental: empezar a elegir con mayor libertad aquello que antes simplemente repetíamos.
Psicoterapia individual y de pareja en Madrid y online
Trabajo con adultos y parejas desde una orientación principalmente psicodinámica y psicoanalítica, explorando también cómo nuestra historia y nuestros vínculos participan en aquello que vivimos en el presente.
Realizo psicoterapia presencial en Madrid, en la zona de Avenida de América, y online.
Si sentís que algo se repite en tus relaciones
Si cambian las personas pero terminás encontrándote una y otra vez frente a conflictos, emociones o dinámicas similares, la terapia puede ser un espacio para empezar a comprender qué está ocurriendo.
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